Aysén: La tierra de las oportunidades

“Mejor que cuando llueva, llueva para todos”, repite Loreto. La misma frase la dijo dos días antes para los medios de comunicación Misael Ruiz, uno de los voceros del Movimiento Social Por Aysén, el hombre más duro del gremio de la pesca artesanal  y el autor del eslogan “Tu Problema Es mi Problema”. Loreto es maestra de cocina en un restaurant bautizado juguetonamente como “Ice End”, en la comuna del mismo nombre. Con una mueca de desgano y resignación dice que el desabastecimiento no le importa. “Si entran los camiones van a poder comprar los ricos, yo a estas alturas no tengo plata. Por último, si vamos a luchar, sufrimos todos, como pasa ahora”, dice, para contarme después que al local, generalmente lleno al almuerzo – misma hora de ese momento- hoy han entrado apenas 5 mil pesos.

Razones para  aguantar la falta de combustible, azúcar, gas, pan, leche y un largo etcétera, no sobran. Lo que sobran son las quejas por los efectos colaterales, pero lo que llama la atención es que aún así todos concluyen en que si la situación debe hacer crisis, sea ahora ya. Estuve 14 días entre Coyhaique y Puerto Aysén, y en esta última en un solo día entrevisté a 15 personas, acaso buscando algún opositor al movimiento, un matiz de disidencia. Me encontré con oposiciones a las formas, a los desmanes, a lo que sea, pero nunca me hablaron de cejar en la intención y claudicar por un par de camiones llenos de abarrotes. “Acá se entiende que las demandas son necesarias, porque se ha buscado aquí y allá y se ha sufrido por años, por lo que sufrir un poco más a la gente no le significa tanto. Es mucho tiempo sin hospital, sin servicios. Se ve como una causa justa y para que se solucione de una vez por todas”, describe Luis Hernández, dueño del Supermercado Central, ubicado a dos cuadras del puente Presidente Ibáñez de Puerto Aysén.

Tres días antes de esa conversación con Loreto y Luis, un viernes 24 de febrero, se marcó una de las tantas bisagras en medio del conflicto social en la zona. Con el gobierno volviendo a poner como su representante a la intendenta Pilar Cuevas, una serie de declaraciones del ministro de Salud Jaime Mañalich encendiendo los ánimos y el vocero del movimiento Iván Fuentes siendo siempre generoso en sus declaraciones, los casi 400 pescadores que permanecían en las múltiples barricadas de la ribera sur de Puerto Aysén se decidieron a dar un paso más: tras una noche como todas llena de piedrazos, lacrimógenas y balines, decidieron extender la refriega hasta el mediodía y retomarse el puente.
Ese mismo día me decidí a relatar por twitter lo que pasaba. Las fotos que toma el celular de día me permitían contar lo que de noche era imposible, pero no muy distinto. De un lado piedras, reclamos de represión, boleadoras, hondas, redes y neumáticos quemados. Del otro, lacrimógenas, balines (rara vez lanzados a las piernas, es cosa de pensar en cuántos manifestantes ya perdieron la vista) y poca audacia para enfrentarse a escasos metros. Como internet da para todo, el relato que hice – desprendido de interpretaciones, sólo datos- sirvió para que unos vieran ahí la muestra inequívoca de la represión de Carabineros y otros la razón para decir que se trataba solo de vándalos.

Lo cierto es que ese día se dio una escena que ni los reporteros santiaguinos ni los de regiones habíamos visto antes. Unos 60 efectivos de Fuerzas Especiales corriendo hacia el bus y apurando el tranco a pie para llegar a la Comisaría de Puerto Aysén. Sucede que tal como en Valdivia e Isla Teja, el único enlace con la ribera sur en Aysén es un puente. Pero mientras en Los Ríos las tomas duran horas, allá llevaban días, siempre dejando pasar la gente a trabajar, protegiendo a los propios, pero sin piedad con la policía y viceversa.

Cuando el grupo de manifestantes usó como escudo un auto viejo quemado y unas planchas de zinc para repeler balines y bombas, y avanzó envalentonado hacia el norte, Carabineros no tuvo otra que retroceder y dejar la cosa como otras veces. No contaban con que a sus espaldas se habían organizado los otros, los civiles, las familias, las señoras, los adolescentes y los de a pie, con sendas piedras por si la policía lanzaba una sola lacrimógena. Así fue: lanzaron una y la situación para la policía se hizo insostenible.

“¡Váyanse a Santiago, hueones, váyanse, acá no los queremos!”, se repetía en distintas versiones. Esa noche sólo salieron a la calle “los pacos de acá mismo, los que conocemos” (decía un manifestante) y no los otros. Si en otros lados las Fuerzas Especiales son pan de cada día en manifestaciones, en Coyhaique y Aysén no: allá hace cinco años no se olía el ácido de los gases de bombas y no hay universitarios para manifestarse por la Educación. Los jóvenes trabajan o simplemente emigraron.

“Los delincuentes”

Esa noche, con la seguridad de Puerto Aysén a cargo de los líderes de la movilización, con Iván Fuentes llamando a la calma y Misael Ruiz alineando a sus hombres para evitar desmanes. Hubo fogatas en cada calle de la ciudad, el puente quedó abierto para todo tipo de vehículos y el grupo que quiso asaltar un negocio fue reprendido por la propia gente.

El apoyo fue total, pero hay escenas reales. TVN no mentía cuando mostraba imágenes de gente tapiando sus vidrios ese día viernes y cerrando el comercio (no abrió sino hasta el día siguiente). Muchos de esos hombres y mujeres martillo en mano son adherentes, pero en la confusión nadie sabe cuando una piedra, una bala loca, lo que sea, pueda llegar a dar con su propiedad.

En términos generales, en Puerto Aysén mismo la gente se quejó de la cobertura televisiva, porque a falta de camiones no llegaron diarios y dado el abandono regional, poco les importa verlos por internet. Se indignaron con Chilevisión porque en una nota se los habría tachado de “delincuentes” (dos o tres personas encararon a un periodista por eso), una noche quebraron vidrios de una camioneta de TVN y alabaron siempre a CNN Chile, el único medio de TV que podía enlazar extensamente con Santiago.

De todo lo que se informó, probablemente el 90% fue cierto. La histeria de twitter y facebook dio paso a conspiraciones irrisorias, mas otros estaban en lo cierto en querer molestarse por determinados enfoques.  A ratos Coyhaique se veía como Chiapas o Bagdad, pero pocos se detenían a pensar que el despacho de imágenes debe ser conciso, impactante, resumido. Si eso no apareciera, los reclamos habrían arreciado. Si en Puerto Aysén habían ollas comunes para reponer a los hombres de barricada, las mujeres juntaban piedras en sacos y se respetó la propiedad de todos, en Coyhaique en la noche la cosa era acéfala y poco solidaria. No solo desaparecieron los contenedores de basura, quemados y expeliendo un poco agradable aroma; también hubo un par de autos desvalijados y por supuesto, bloqueos pacíficos. La policía, una vez más perdió los estribos disparando a la bandada y sembrando el pánico. De noche, era mejor no salir. Lumpen con y sin uniforme.

El baño de Mañalich

Hoy el Gobierno tiene una oportunidad dorada después de varias pelotas rebotando en el área, listas para el disparo ganador. El movimiento accedió a flexibilizar algunos bloqueos, está entrando combustible y remesas con abarrotes; no corrieron el riesgo de que en algún momento la población se fuera en contra de sus propios líderes por no poder solventar sus necesidades básicas. El límite entre la resistencia y la urgencia es diminuto, difuso, por más que las arengas suenen impresionantes. En ese sentido, no se me olvidará lo que me dijo el pescador Henry Angulo al lado de un par de troncos ardiendo: “Mire amigo, somos pescadores acá y estar al lado de una barricada con fuego y sin dormir es como nada comparado con no dormir en la mar y con lluvia. Y recuerde que en dictadura acá los hueones dijeron que como esta era una zona limítrofe y había dramas con Argentina, y que todos teníamos que hacer el servicio (militar). Y la verdad no había más perspectiva para un cabro de 17 años después de salir del colegio: ¡Al servicio, mierda! Y el hueón de Pinocho nos mandaba a hacer eso, poh, si había que mear pa´ dentro, se meaba pa´ dentro”.

El jueves 16 de febrero llegaron a la zona los ministros de Salud y de Transportes. El titular de Salud Jaime Mañalich salió después de más de dos horas de reunión con los líderes declarando que había humo blanco – es cierto que es el único punto de once que hoy está zanjado- en lo suyo, mientras el ministro Pedro Pablo Errázuriz seguía en el segundo piso de la Gobernación. Todo miel sobre hojuelas. Dos horas después, un grupo de dirigentes sale gritando consignas y en apariencia la mesa estaba quebrada, pero pidieron esperar a Iván Fuentes para hablar con los medios. Lo que pasó fue lo siguiente: conciente del cierre de medios y noticieros, Mañalich salió de la sala diciendo que iba al baño cuando en verdad fue a hablar con la prensa, sin esperar ni hacer gesto al movimiento, cuyos dirigentes se enteraron por sus teléfonos de la mala jugada.

Aún así, Mañalich salió respaldado. “Hizo la pega, nos trajo propuestas claras, una exposición muy buena, no como Errázuriz”, dijo después Misael Ruiz. El gesto había molestado muchísimo, pero no lo desacreditó. Quién sabe por qué, en los días siguientes el titular de Salud se despachó a gusto por los medios contra sus interlocutores, tildándolos de estar monopolizados por “Patagonia Sin Represas” y luego culpando al movimiento de la muerte de un ciudadano coyhaiquino, algo que hasta la propia familia desmintió.

Ese fue el simple inicio de los sucesivos desperdicios y ninguneos de parte de un Gobierno que hoy tiene la gran chance de cerrar un acuerdo que podría hacer amainar el viento en contra, y acaso desactivar otros conflictos en ciernes. La región de Aysén no sólo es la tierra de las oportunidades para las empresas hidroeléctricas, los médicos (que parten ganando $3 millones), los uniformados (que ganan zona) o los funcionarios del poder judicial (ídem a los galenos). El Estado de Chile puede hoy dar un signo que existe real soberanía continental a lo largo de todo el país, de evitar manifestaciones chauvinistas y oportunistas con banderas argentinas.

No sólo eso. La gran oportunidad es la que tenemos como sociedad en pleno. No puede ser que la masa sepa contrastar contenidos sobre estrellas del espectáculo, hacer uso del gratuito y bendito zapping para los bloques deportivos y ser histérico o indolente (no hay términos medios) sobre los conflictos sociales. No sólo no es posible informarse – jamás- por un solo medio o soporte. Hacer el collage, la secuencia de nuestras ventanas de internet, de minutos de TV, de líneas en el papel es lo que nos lleva al panorama completo, contrastado. No vamos a esperar que un diario reproduzca al día siguiente 16 horas de cobertura radial del día anterior. Tampoco se trata de hacer jugo de peras y manzanas: los medios locales manejan al callo lo que La Moneda no se molesta en saber; los nacionales, la línea de transmisión y esa residencia permanente donde afilan el cuchillo y trozan la torta.

Aún más que lo anterior, la chance viene por enterarnos antes y no después, tomar el carro estacionado a punto de partir y no andando. Podemos empezar a definirnos como sociedad y mirar el mapa y enterarnos antes de qué pasa en las regiones, de saber dónde está y qué ocurre en Hualañé, cuántas personas viven y desviven en Hualpencillo, reconocer que en Aysén hay también un Chile Chico, una Caleta Tortel. Superemos los trances tipo mall de Castro, no nos informemos de que existe Curepto cuando su hospital es inaugurado con enfermos falsos. Demos el paso de creer que Iquique queda “casi al lado de Arica, es cosa de tomar un bus” y de espantarnos al saber que Salamanca no sólo está en España, sino que a316 km. de Santiago en la región de Coquimbo. Y por sobre todo, que allí vive alguien al que – como dijo por ahí un limitado- “nadie obligó a quedarse”, pero que por sobre todo no quiso irse.

Crónica de otra crónica

Hace un par de semanas atrás apareció publicada una nota hecha por mí junto a un colega de Santiago con testimonios de la catástrofe que provocó el terremoto de 1960 en Valdivia. Como, por razones de espacio, quedaron fuera registros muy interesantes, dejo aquí una versión extendida de la misma crónica.

El apacible domingo que terminó en catástrofe

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En esta ciudad, es innecesario que alguien se encargue de indicar al visitante los lugares que testimonian el terremoto del 22 de mayo de 1960; es la misma ciudad la que, como un guía turístico por defecto, muestra cómo reconocer las huellas el cataclismo más grande del que se tenga registro.

Con sólo asomarse a Valdivia  se pueden ver vegas y juncos erguidos en medio de lagunas, que a su vez están dentro de humedales que quedaron “encallados” en los ríos Valdivia y Calle Calle. Desde el barro, sobresalen galpones y puntas de cercos que alguna vez delimitaron predios.

Ya en el radio urbano, se ven edificios de concreto de principios del siglo XX que soportaron estoicamente el sismo, en pie al lado de construcciones y casas que reemplazaron todo aquello – la gran parte de la ciudad- que se desplomó.

“La naturaleza se encargó de darnos una dura lección”. La reflexión es de Hernando Cerda, un contador y atleta que con 19 años, alcanzó a correr una maratón antes de que se pusiera a temblar. Está seguro que esos 10 minutos que duró el terremoto fueron “casi una hora en la cabeza de todos”.

En ese lapso, los árboles se sacudieron y barrieron el suelo, las casas se desvanecieron y “salió un hongo de polvo como el de una bomba atómica, mientras toda la gente arrancaba”, recuerda Irene Montes (62), quien desde ese día, nunca más volvió a dormir sin antes llenar con agua media docena de botellas, por si hay un nuevo corte que dure semanas. “Vivir sin luz no es problema, pero vivir sin agua…”

Sólo en Valdivia murieron 2300 personas, y el remezón se sintió desde Temuco a Chiloé. La ola que sobrevino 10 minutos después arrasó con Corral, Queule, Mehuín y parte de Chiloé. Los sobrevivientes dicen que contar las historias hoy, es casi una terapia para espantar traumas que reaparecieron el 27 de febrero último.

El domingo era su de ver películas al Teatro Alcázar con sus amigas. Pero las aprensiones de su madre, que estaba asustada por el temblor de la mañana, la dejaron sin permiso y sobrevino un largo berrinche. “Yo estaba llorando todavía, sola en el salón, cuando la tierra empezó a moverse”, recuerda Irene Montes.

“El balanceo no paraba nunca, yo por años creí que habían sido más de diez minutos. Fue una crujidera terrible. Tengo recuerdos desordenados, de gritos, de caernos, volvernos a parar, quedar de rodillas, de salir a la calle y ver las ventanas caerse. Mi primera reacción, bastante ridícula, fue sujetar las lámparas”, dice riéndose. Su casa quedaba frente al Hospital Regional “que se balanceaba como una caja de fósforos” y desde los últimos pisos incluso se lanzó gente al vacío que ella vio perderse en una nube de polvo.

Junto a sus padres y hermanos, acamparon en el antejardín de la casa durante tres meses. “Pensé que todos íbamos a morir ese día. Hoy, apenas siento cualquier cosa moverse, me pongo en alerta y salgo. Lo mismo que hice el 27 de febrero”.

“Yo tenía siete años apenas, pero me acuerdo de todo. Tengo todo en mi disco duro”, asegura Francisco Vásquez, conocido dirigente social de Valdivia. Estaba junto a su madre esperando la micro para regresar a casa y sobrevino el caos y su mano apretó cada vez con más fuerza la de su madre. “El terremoto no nos dejó cruzar la calle, el pavimento se abrió. El pánico general fue una cosa espantosa, gente saltaba de los segundos pisos, se derrumbaban casas e iban aplastando gente

“Muchos pensaron que era el fin del mundo. Paró de temblar y se pusieron a rezar.Recuerdo cómo se desplomó la catedral y quedó sólo la campana”.

Francisco vivía sólo con su madre “en medio de muchas carencias”. Por eso, cuando se enteró del rumor de que niños huérfanos estaban siendo llevados en avión a Santiago para ser enviados al extranjero, se escapó. “Yo soñaba con irme a Francia. Alcancé a llegar a la capital, pero mi mamá, ese mismo día, antes del toque de queda, se comunicó con las Fuerzas Armadas y de allá me mandaron con viento fresco de vuelta”, confiesa riéndose.

De regreso, le tocó vivir dos crudos inviernos al interior de un “ruco”, las primeras soluciones habitacionales para los damnificados. Eran dos aguas levantadas con madera, ventanas de nylon y piso de tierra, de 3 por 6 metros. “Era como vivir en una leñera. Yo, reconozco que no sufrí tanto. Con mi mamá éramos los dos solos y nos calentábamos con un brasero. Hubo gente que sí vivió el hacinamiento en el interior. En invierno mucha gente se enfermó”.

“Cuando digo que la naturaleza nos golpeó, es porque jóvenes como yo nos creíamos dueños del mundo”. El 22 de mayo Hernando (70) compró el diario donde se enteró que había salido undécimo en la maratón del día anterior. Aún sentía los calambres de la carrera cuando la tierra rugió. Corrió a la entrada de su y vio caer la casa vecina y que los cables de alta tensión se venían encima. “Esos minutos fueron eternos. Era como si se viniera el fin del mundo”.

“Pasos dos días sin agua ni luz. Quisimos sacar agua del río, para hervirla y tomar café: ahí nos dimos cuenta que el agua del río ahora era medio salada. Fue el primer indicio que tuvimos de que las aguas se habían movido. No teníamos idea de que había habido un maremoto en Corral”.

Hoy, Cerda sigue siendo atleta, categoría senior. Coincidencia o no, el 27 de febrero último, se aprestaba a correr una nueva maratón, con similar recorrido a la del ´60. Esta vez, la carrera no alcanzó a realizarse.

A manotazos sin saber nadar

A las 15.20 minutos –diez después del terremoto-, el agua se recogió en la bahía de Corral (a 75 km. de Valdivia), como si se regresara de vuelta a los ríos y el resto de la masa escapara hacia el océano. El mar tomó vuelo, mientras el puerto se veía despejado, casi como una taza de leche. “Yo estaba almorzando con mi viejo cuando empezó a temblar. Vimos por la ventana cómo los cables chicoteaban, y los terrenos se abrían y se tragaban a la gente”.

Dennis García Risco, con sus 26 años, aún no se había repuesto bien de la noche anterior. Bohemio como buen músico, había trabajado hasta tarde tocando el bongó con su orquesta. “Paró de temblar y mi papá me mandó a buscar a mi mamá y a mi hermana, que habían salido no sé dónde. Y yo, que a esa edad era ´aquí te las traigo Peter´, me fui por la costanera caminando, y en eso vino la ola y me tragó, me llevó pa´dentro”.

“Viera cómo pasaban por el agua la gente gritando, las casas completitas, con ventanas y puertas trancadas. El agua me llevaba para cualquier lado, si el sistema nervioso no responde en esos casos. Estuve como una hora ahí, tragando agua, hasta que vi al marino…”.

García vio providencialmente a Walter Norman, un ex marino alemán que lo ayudó a salvarse. “Estuvimos como seis horas haciéndole pelea a las olas arriba de techos y palos. Me daba instrucciones, pero yo apenas le entendía, pero me salvé gracias a él. De repente el agua nos tiró de vuelta al muelle de Corral”.

Dice que vio “la película completa de mi vida en todo ese rato, pensé que me moría”. Nunca más volvió a saber de Norman, que se fue de la ciudad. Y sus padres y su hermana, estaban sanos y salvos, en el cerro, donde gran parte de la población de Corral vivió incluso meses tras el maremoto.

El cielo y el mar fundidos

Emilio Almonacid, que para abril de 1960 ya había jubilado de Carabineros, llegó a vivir a la caleta de Mehuín (74 kilómetros al norte de Valdivia) junto a su esposa Natalia Toledo y sus dos hijas, tras un par de años en Puerto Montt. Elena, la mayor de ellas había conseguido trabajo como profesora en una escuela internado de la localidad y la familia se fue junto a ella.

La menor de las hijas, Viviana (59), era quien pasaba gran parte del tiempo con su padre, quien se desplazaba en silla de ruedas a causa de un accidente. Vivían en una casa situada en la barra tras el río Lingue, entre el cauce y el mar. “Llevábamos justo 25 días en Mehuín y yo crucé en una chata (bote) con mi papá a conocer el internado donde trabajaba mi hermana. Estábamos esperando irnos de vuelta cuando la tierra se abrió y rugió, así, tal como le digo”.

La madre de Viviana, impresionada por las olas que normalmente hay en Mehuín, había dicho a su llegada, con un dejo de miedo, que el mar “podía salirse alguna vez”. “Ese día, estuvo segura de eso, así es que con mi hermana mayor alcanzaron a cruzar por el río y partimos al cerro, llevando a mi papá como pudimos”.

Desde la altura, pudieron ver todos juntos como Mehuín quedó reducido a una laguna. “No sabíamos si era el cielo o el mar lo que se nos venía encima. Fue terrible ver desde lo alto como el mar se tragaba a la gente y desaparecían las casas, sin saber qué hacer”.

Unas 200 personas pasaron los tres días siguientes en el cerro, entre ellos Viviana. Fueron noches de lluvia incesante, hambre y frío. Algunos bajaban al pueblo a buscar animales en condiciones de ser sacrificados. Hoy, instalada en Valdivia, Viviana dice que no recuerda haber visto ni pillaje ni saqueos como los que quedaron al descubierto tras el último terremoto.

Una semana de incertidumbre

Uno en Corral y el otro en Valdivia, vivieron la semana más angustiosa de sus vidas, aseguran. Fernando Oyarzún, profesor de la escuela del puerto, vivía allí con Adriana, su esposa, quien partió el viernes 20 a Valdivia a ver a su madre. El día del maremoto, Fernando se fue a esperarla al muelle con dulces en los bolsillos y vestido con un impecable traje café que Adriana, embarazada de cinco meses en ese entonces, le había regalado. “Como quedaban dos horas antes de que llegara la lanchas, unos alumnos me invitaron a pescar robalitos. Estuve con ellos matando el tiempo, y nos dimos cuenta que nos hundíamos, extrañamente. Salimos como pudimos, nos subimos a un muro, y allí vivimos el apretón”.

Fernando, bombero y scout, se dedicó a sacar ancianos de sus casas, romper puertas trabadas y guiar a la gente en medio del pánico. Estaba en eso cuando “se vino el agua y corrí cerro arriba con el mar besándome los talones. Casi no tuve fuelle, pensé en dejar que el mar me lleve. Pero pensé en mi señora y mi hija en camino”. Cuando ya había subido los metros suficientes para estar a salvo “miré hacia atrás y vi como una muralla negra, gris, un monstruo: ahí venía el verdadero maremoto”.

Providencialmente, su esposa no tomó la lancha ese día, por consejo de su madre, temerosa por el temblor de la mañana. “Yo escuché por radio que en Valdivia se había caído la Estación de Trenes, donde vivía mi suegra”, dice Fernando. “Él pensaba que la casa se había caído y nos había pasado algo, yo creía que él se había muerto ayudando a la gente”, apunta Adriana.

Recién el 27 de mayo, tras el primer viaje en lancha que hubo desde Corral a Valdivia luego del terremoto, Fernando apareció por la casa de su suegra, donde lo recibieron su esposa, familiares y vecinos con llanto y abrazos. “Pensamos que se lo había llevado el mar”.

Catalina, la hija que esperaban ambos, nació en noviembre de 1960. “Crecí escuchando las historias del terremoto, de mi mamá embarazada durante la catástrofe y todo eso. Todos los relatos han ido cruzando mi vida”, asegura. Hoy, ella vive en Coyhaique, donde arribó hace dos años, tras ser desplazada desde Chaitén –donde trabajó como profesora por 10 años- junto a su marido e hijos. “Con la  experiencia del volcán supe lo que es perderlo todo, lo mismo que le pasó a mis papás”.

El “Riñihuazo”.

Valdivia no quedó inundada por el maremoto, a pesar de que el río efectivamente creció. Los peores anegamientos sobrevinieron un mes después del sismo, a causa del llamado “Riñihuazo”, provocado por el desborde del Lago Riñihue, cuyo desagüe natural, el Río San Pedro, había quedado tapado en tres partes por aludes de barro. “Fue un mes de pánico, porque se decía que podía arrasar con Los Lagos, Valdivia y Antilhue, y que no iba a quedar nada”, relata Francisco Vásquez. Efectivamente, ese era el escenario y el efecto sólo pudo ser aplacado por el trabajo de varias unidades militares y cientos de trabajadores de ENDESA, CORFO y el Ministerio de Obras Públicas, a cargo del fallecido ingeniero Raúl Sáez.

“Lo hicieron a punta de pala y picota, trabajando día y noche para bajar el nivel del lago. Eso fue una proeza”. apunta Vásquez. De todas formas, tanto él como Hernando Cerda dicen que cuando el lago se rebasó, la escena fue dantesca. “Se veían casas con las chimeneas humeando que pasaban por el río, vi animales pasar flotando frente a Valdivia”. Cerda recuerda que “con mi papá dormíamos en el segundo piso de la casa. Yo desperté, y el bote que teníamos en el patio estaba golpeando mi ventana, así es que salí a bordo del bote. Después, me dediqué a ayudar a la gente que había evacuado para rescatar sus cosas,  lo poco que quedó en los Barrios Bajos de Valdivia”.

Repetido y podrido (o cómo ponerle el yugo a los bueyes)

La escena se repite como un deja vú, o como una pesadilla. Un dolor de cabeza, una mañana de resaca después de la farra: la dirigencia de Colo Colo pensando en quién, cómo y por qué, debe agarrar el fierro caliente para hacerse cargo del plantel y de las siempre espumosas expectativas que, dicho sea de paso, no nacen sólo del público. Basta con recordar que el ahora subsecretario de Deportes Gabriel Ruiz – Tagle prometió pelear la Libertadores este año…

Pongamos las cosas en su lugar: en Blanco y Negro nunca, jamás han estado claras las políticas deportivas. Nunca en su corta historia. Hagamos el recuento.

La concesionaria asumió en 2005, después de recaudar US$ 30 millones y pagar 25 en deudas del club, B y N prometió un modelo a la Real Madrid, con el gran gancho de Mirko Jozic como Director Deportivo, Jaime Pizarro como gerente técnico y Daniel Morón en la parte formativa. Como la idea era traer de vuelta a la gente que ganó la Libertadores del ´91, Jozic nominó a su favorito para ser el DT: Ricardo Dabrowski.

“El Polaco” daba tumbos en la banca, Jozic se llevaba cada vez más mal con George Garcelon (el presidente de B y N en ese entonces) y Michael Black (gerente). Pese a los dos millones verdes invertidos en refuerzos – bastante discretos, algunos-, los albos cayeron en los play-offs y, sin permiso de Jozic, Dabrowski fue despedido.

Gran debacle, porque a cinco meses de asumir la regencia del club, B y N echaba al DT acusándolo de “incumplimiento de labores” (como si no se hubiese presentado a trabajar).  Jozic renunció y se fue del país diciendo haberse sentido utilizado por la empresa, y parecerser que esa fue la idea: usarlo como gancho para vender acciones, asentarse, y luego, si te he visto no me acuerdo.

Diciembre de 2005: Blanco y Negro no da luces de tener claro quién ni qué tipo de entrenador quiere para Colo Colo. ¿Un motivador? ¿Un promotor de valores jóvenes? ¿Un proceso a largo plazo? ¿Alguien que trabaje harto por poca plata? Como el precio de las acciones iba a la baja y la hinchada se sublevaba, optaron por un ex jugador del club que arrasaba en las encuestas vía web: Claudio Borghi.

Así, sin más, llevaron a la banca a un jugador que se había enfrentado públicamente con Jozic por razones técnicas – un debate netamente deportivo- y que no terminó su contrato con el club siendo jugador. Pero, entrañable el Bichi, aceptó el desafío y no sólo eso: supo sacarle lustre y oro a un plantel opaco como el bronce olvidado. El resto es historia conocida…

Borghi, viejo zorro, sabía que les salvó las espaldas a todo Blanco y Negro. Incluidos sus saboteadores: Sabino Aguad, Gustavo Hasbún y Luis Baquedano, quienes nunca congeniaron con el “especial carácter” del gordo. Una vez llegó a decir “cuando llegué a Colo Colo, estaba por vivir su segunda quiebra”. Toda la razón.

Cambiaron algunos gerentes, pero la danza de millones que se vino de la mano del Bichi mantuvo el negocio a tope. Bravo, Valdivia, Fernández, Vidal, Mancilla, todos se despidieron como ídolos a cambio de sus buenos palos verdes.

Hasta que se fue Borghi. Un golpe a la cátedra. O a la parrilla, si se quiere. Un técnico de fuste que, tal como supo negociar bien sus aumentos de sueldo, aceptó bodrios en su plantel de la talla de Carlos “Caliche” Salazar (que hoy juega en la liga de Irán…) y Edison Giménez.

-“¿ Y ahora qué?”- nos preguntamos todos. El interinato de Astengo, la pérdida del pentacampeonato y un equipo que no jugaba mal, pero no lucía. Antes comíamos queso suizo, ahora margarina. Como quién pretende dar un golpe, Ruiz- Tagle y su directorio echaron a Astengo pese a que tenía al equipo como puntero. Muchos nos sobamos las manos. “Ahora se viene”, era la frase de moda.

Buscaron técnico en Argentina, todos caros. Como en una partida de póker, la dirigencia bluffeó y sacó a la palestra nombres rimbombantes. Casi de ensueño.Y de repente, después de vender humo por semanas, el golpe: Barticciotto a la banca. Un tipo queridísimo, un emblema de aquellos que hubiésemos preferido no ver en la cabina técnica sólo para evitarle un sufrimiento y dejarlo tranquilo en su sitial de ídolo.

Pero no. Fue campeón con un equipo que ganó caminando. Pero seamos sinceros: nunca dio con un estilo de juego definido y muchos dudamos de su liderazgo. Su paternalismo – o corazón de abuela – hizo explotar todo al año siguiente con las llamada “revolución de los camilleros”.

Y los señores de Blanco y Negro, muy sueltos de cuerpo, sabiendo que había más plata que perder en posibles ventas de jugadores que en un técnico novato, no sólo le quita el piso al DT, si no que se taiman. Así nomás. “No queremos hinchas reclamando, este lugar es sagrado”, dijo Ruiz- Tagle después de que los hinchas interrumpieran el entrenamiento protestando.

¿Le hicieron la cama al ´Barti´? Tal vez. Pero los chascarros de B y N se siguen sucediendo: utilizan a un DT histórico para vender acciones, se dejan llevar por el aplausómetro para nominar a Borghi – que por suerte, les dio réditos-, confirman a su interino (Astengo) y luego lo echan con viento fresco. Después bluffean anunciando a Diego Caña, a Gustavo Alfaro, a Simeone y traen a… Barticciotto. Y después de quemar a un símbolo del club, usan el último recurso y el que más parece dolerles: la billetera.

Hasta ahora, jamás han demostrado querer dar una identidad deportiva al club, un sello de política deportiva. Tal como el Real Madrid, pero en versión sudaca y amarrete: vendemos a 10 palos, pero compramos por uno. Y con ese uno, compramos 3 jugadores baratitos. Y para el pueblo, una estrellita por ahí.

Como lo único que faltaba era invertir y pagar mucha plata por un DT – y azuzados por la realidad de la U, que tenía a Markarián como el mejor pagado de Chile-, ahora sí, invertimos y pagamos bien. ¿En quién? ¿Con qué perfil? ¿Qué queremos de él. Nunca supieron. Pero Tocalli era serio, bonachón, con fama de promotor de talentos y con escasa experiencia en primeros equipos. Igual nomás. Total, “si no pudo en Vélez, es porque en Argentina son superiores. Acá les daremos barraca”, deben haber pensado.

Así les fue. Tocalli no es el último, único, ni mayor culpable. Tampoco sale indultado. No es más que un técnico al que le fue mal, mandado por una dirigencia que jamás ha tenido las cosas claras ni cómo invertir su plata. ¿Ahora viene Cagna? ¿ Qué le vieron? No sabemos. Podemos intuir las virtudes de Cagna, pero ¿ qué le vio B y N para elegirlo a él y no a otro? Nunca sabemos. Así como les gustó Borghi porque “respetará la tradición de ir a buscar los partidos”, Barticciotto por estar “identificado con el club” y Tocalli por su “seriedad”, a lo mejor ahora les gusta Cagna, vaya a saber uno, por lindo, por taquilla.

Lo que es no saber. De momento, B y N demuestra lo que es resumible en términos campechanos: no saben si el yugo va delante o detrás de los bueyes.

Un misil en mi placard

un misilNo había terminado de darle vueltas a una reyerta mediática que sólo traía bicarbonato en sus aguas – la de Fito Páez y Arjona- , cuando llegó una pequeña bomba que tiene más las características de una mina antipersonal abandonada en el desierto. Es decir, nadie sabe dónde está, pero se sabe que existe, y tal vez haya que tener cuidado.

Ricky Martin no hizo más que asestar un uppercut, quitarle el seguro a la granada o disparar un balín después de que todos se habían aburrido de esperar el estallido. Ya no quedaba nadie alrededor. Su homosexualidad era de sospechar, e incluso los chilenos pudimos verlo de forma estéticamente evidente, en aquella época cuando no era una estrella mundial y se paseaba por los estelares de Vodanovic (tipo siempre lunes) con pinta de cantante sound.

El bueno de Ricky, esperó lo suficiente, lo recomendable para su tranquilidad personal y lo saludable para su mente. Para qué iba a ensuciar el nacimiento de sus hijos sin madre con un anuncio que estaba pronto a llegar. De haberse declarado gay en los ´90 sólo habría cosechado castigos, caricaturizaciones y rechazo. No pocos se habrían acordado que él mismo reconoció saber que Michael Jackson mandó a tomar fotos suyas mientras era integrante de Menudo.

En ese momento, el debate se habría volcado violentamente en su condición sexual, aunque habría tapado otras cosas tanto o más evidentes, como su limitada calidad vocal y su – hasta 1995 al menos, previo al disco “A medio vivir”- poco tino para escoger repertorio.

Con la llegada de “María”, podemos dar por archiconocida la historia. El mundo a sus pies, cantar en París en la inauguración del mundial de Francia, Grammys a granel y haber sido ungido como “el” referente de la música latina para los del hemisferio norte, que se convencieron que la música de nuestro lado del mundo era ese engendro de ritmos y máquinas que tanto les gustó, al estilo Gloria Estefan, que secundaba al propio Ricky.

Hoy, cuando la industria del disco está a dos centímetros del suelo, la pregunta es otra. ¿Qué va a hacer Ricky para seguir siendo cantante, con una industria del suelo, y como gay declarado? Sabemos que atención mediática no le faltará a sus nuevos discos y que su sello apostará lo poco que le queda al carilindo de Enrique Martin Morales. ¿Seguirá cantando eternamente esas canciones románticas que ya sabemos que iban dirigidas a nadie, o al menos, llevaban un “ella” en vez de un “él” como destinatario? ¿ Se animará a hacer canciones de amor de aquellas que realmente le salen de adentro? ¿Reclutará a compositores que sepan sacar lo mejor de su recién estrenada condición?

Muchos le agradecieron la valentía de declararse gay. Bien sabemos que muchas veces, el aceptar la condición sexual hace tener los cojones mejor puestos que otros que pululan por ahí. Tal vez le agradezcan un par de canciones románticas en ese sentido. O quizás, muchos prefieran seguir viendo las dobles lecturas posibles de “Fuego contra fuego”, “Dime que me quieres” o “María”….

Cavilaciones, eyaculaciones y exhibiciones

Siempre falta dinero y la variable de “oportunidad” para leer las novedades literarias cuando realmente explotan como tales. Pocos pueden correr a devorarse las páginas de los estantes de novedades cada mes – a diferencia de lo que pasa con la música, gracias a la red-. En este caso, este caramelo me llegó gracias al nunca bien ponderado trueque.

Cuando se trata de obras de nuestro pequeño mainstream como “La Barrera del Pudor”, de Pablo Simonetti, no sólo sobreviene la desconfianza ante tanta parafernalia detrás (llámense lecturas masivas, entrevistas televisivas en los escasos espacios que quedan para estos fines o críticas en revistas con rincones dedicados a esa extensión de la sección de espectáculos denominada “Cultura”), sino que además aflora la memoria: el autor es homosexual, de origen acomodado y un larguísimo bla blá.

Pero a lo nuestro. Amelia es una paisajista de gustos sofisticados, que en medio de un retiro introspectivo en una cabaña de la costa del litoral central, comienza a repasar a saltos los múltiples detalles de su unión marital con Ezequiel Barros, un crítico literario con el que llevó adelante 13 años de un pantanoso matrimonio cuyo vínculo parece haber flaqueado por la eyaculación precoz y la impotencia del cónyuge.

Sólo pasadas las 140 primeras páginas del libro se puede comprender que las líneas precedentes son bastante más que una sucesión de confesiones a veces cursis, a veces nostálgicas, a veces insoportables. Ese tramo hará el manjar del lector prejuicioso y se acordará de la condición sexual de Simonetti por la maestría con la cual revela los recovecos de algunas cavilaciones femeninas; en el caso de los hombres, podría sólo detonar esa cápsula de misoginia que llevamos bien guardada dentro.

De ahí en más, Amelia intenta explicar y explicarse cómo su matrimonio pasó de los terapeutas sexuales, las consultas médicas a la infidelidad – justificada con un poder de convencimiento al nivel que podría dejarnos ad portas de vivir la poligamia a buena parte de los lectores, de la infidelidad al voyeurismo y de allí a la búsqueda por internet. (No es necesario explicar esto último).

La pluma de Simonetti es elegante, es precisa. Sabe perder el tiempo cuando los pasajes lo ameritan y sabe economizar palabras cuando podría tornarse todo demasiado empalagoso. Parece haber aquí un pequeño esfuerzo por sacar a los escritores de sus historias de, mmmm, escritores… Por más que el protagonista sea un crítico literario, la historia ocurre detrás del cigarro, del whisky y la máquina de escribir sin invadir espacio alguno. Ezequiel Barros bien pudo ser un carpintero, y no nos enteraríamos de serruchos ni materiales de construcción.

Al final del libro quedará clarísimo cuándo se rompió “La Barrera del Pudor”, y no es raro que cada quién repase sus propias roturas limítrofes. La advertencia pasa para quienes no estén pasando por un momento muy amistoso ni receptivo con el sexo opuesto. El soliloquio de Amelia no sellará ninguna reconciliación… La conclusión dejará más espacio a recriminaciones de género que a pipas de la paz.

La Barrera del Pudor

Pablo Simonetti

254 Páginas

Editorial La Otra Orilla

2009

Para leer las primeras 24 páginas del libro, pinchar aquí

Agrietados desde antes

Si se trata de opinar, esta es de las ocasiones en que uno preferiría pasar. Dejar el papel en blanco, como un final abierto, tan abierto que quepa todo allí: la esperanza, la tristeza, el estupor. Pero en este caso, vale la pena – si no es ahora, no será nunca-, llenarlo con algo de rabia, desagrado y su tristeza consiguiente.

Hace poco más de un mes elegimos un nuevo presidente. La mayoría, eligió un proyecto que propugnaba el cambio, una nueva forma de enfrentarse y de enfrentarnos nosotros mismo con miras a crecer. Eso, según el incomprobable testimonio de quienes lo difundían (todo está por verse). Ese discurso buscaba dejar fuera y sacar del poder al estilo o la forma que nos gobernó durante 20 años, que también gritaba a los cuatro vientos que ya la había hecho bien y que eran justo ellos y justo este el momento de inflexión que necesitaban para continuar un camino de éxito.

Olvídese del resultado. Olvídese de los discursos. Porque detrás de los resultados  de la votación, hubo votos, bastante repartidos. Y repartidos entre esos dos bandos, están esos mismos que nos hacen ver que, como sociedad, somos más pequeños de lo que creíamos: los que, como hienas entre las matas, pero con la vileza ratoneril de quien se cobija en un grupo, busca el momento justo para no pelear con el rival de pie, si no para despojarlo del alimento, de lo que va quedando, de las migajas, de lo que no hay.

Acá, no hay terremoto, tsunami ni aguacero que valga. Sabemos que acá no es algo lo que salió mal, porque todo se hizo mal. Las comunicaciones fallaron no por ley de Murphy, sino que todo funcionó como un triste efecto dominó de negligencias que hicieron bola de nieve. La Presidenta, Rosende, la Onemi, Piñera sacando partido, la Armada y su inoperancia, los militares y su nula capacidad para echar andar su “mega sistema de comunicaciones”.

Pero, créanme, eso en parte era casi esperable. Las cosas no andan bien tiempos normales, no tenía por qué ser ahora. Pero yo creía que aún nos quedaba patria, que nos quedábamos nosotros mismos, que desde la flaqueza podríamos encadenarnos para sobrevivir un poquito, uno, dos días. Esperaba la dinámica de la olla común. Pero los tontitos de siempre, hicieron legión hace años y venían armando sus huestes.

Una carnicería de Lota en la que no sólo no quedó nada de carne, sino que ya no hay vitrinas refrigeradas ni computadores.  El hogar de los canoístas de Constitución, que en plena preparación para los Juegos Odesur, fue arrasado por la subida del agua y rematado por una ola de imbéciles que se llevó las canoas y los demás botes. Las casas que hoy no tienen ni lámparas. Las botillerías en las que quedó jugo de durazno y nada más.

Ya quisiera yo que  los saqueadores de Constitución mascaran ese bote al almuerzo, pero que sintieran el sabor no de la fibra de vidrio, sino del vidrio mismo. Mientras veo Karol Dance, de Yingo, preguntando a un niño sobre lo que opina de haber perdido a su familia, la rabia se me suma, no se cambia de lado ni desbalancea cuando me acuerdo del tipo que se robó el plasma ni del de la lavadora al hombro. Menos con los que asaltaron un camión cervecero para “vender luego la mercadería”.

Todo esto nos revela que estamos enquistados de rastreros, de personajes timoratos, de giles insuflados por la fuerza neoliberal que ya nos terremoteó hace años. Es la fiebre por acaudalar, por recortar la cola en la pega, sacar la vuelta, falsificar las boletas al rendir gastos, cortar un cheque y llenarlo por millones si se encuentra una chequera extraviada, por meter un pan más en el supermercado después de que te lo pesaron, por hacer huevón al garzón en la schopería, por manotearle la billetera al curado de la disco, por hacer recagar el saldo de un celular encontrado en la calle antes de botarlo a la basura por ser de un modelo antiguo.

Así parece que nos movemos. Y a río revuelto, en las horas en que todos los gatos son negros, esos mismos personajes hacen jauría, horda con palos, con autos, a pie, en bicicleta, con cuchillo, como pueden, para seguir la lógica de cortarle la cola al contrincante que está en el suelo. Total, el plasma sirve para ver el Mundial, hay ropa que lavar igual aunque sea con agua de balde dentro de la lavadora, el bote me sirve para ir de pesca, y de paso, ese mismo día me relajo con unas chelas.

Lo único que queda por decir: si es que todo vuelve a la normalidad, a cuidarse la espalda de tanto maricón suelto. Porque les aseguro que si – ni el Dios en que no creo lo quisiera así- volvemos a tener una dictadura militar, esos mismos que saquean y cortan la cola, no van a tener ningún problema en ser sapos y torturadores. Por plata, claro.

Todo Espanta

Si uno se toma la vida como un juego en serio, como una búsqueda constante de pulsear y apostar no el todo o nada, pero sí jugar con los límites y tomar las riendas sabiendo que el control total no existe, puede ser una buena forma de enfrentar los días.

Yo, ya no puedo. He vivido inconcientemente buscando el control. Tontamente, buscando tener todo bajo mi mando, tratando de agarrar en mis puños lo que más pudiera aún cuando era evidente que las cosas se iban cayendo y los dedos seguían. Y no se puede, sé que no se puede, pero no puedo renunciar a tutelar todo en mi reducido mundo.

Y buscando el control, lo perdí por completo. Es un tormento. No controlo mi sueño. No controlo mis horas de descanso. No puedo evitar darme un atracón de comida cuando tengo hambre, ni fumar cuando el cuerpo me lo pide y he pensado en resistirme tenazmente. No quiero leer facebook, no quiero asomarme por twitter, porque no quiero saber qué hace el resto mientras yo no soy capaz de tomar el joystick de mis propias horas.

Trato de escribir. Y me parece una maratón, una tarea titánica, un esfuerzo sobrehumano. Trato de concentrarme. Mala idea. Y sobrevienen los latidos acelerados, el susto, y la idea de que mañana no volveré a encender el computador para nada que no sea trabajar, no desviarme un paso del camino a casa y regresar para encerrarme y no contestar ninguna llamada telefónica que no sea de mis jefes.

Poco a poco, el escaso control que me ofrecen mis reducidas capacidades es precisamente, reducirme, cuidar las espaldas, el trabajo y mi familia y olvidarme de lo demás. Adiós a la confianza en la amistad, hasta nunca con el amor y la renuncia a ser un tipo de profesional que ya no fui. Eso, para que el resto no me espante, no me hiera, no permita desviar el tranco por mi reducida hoja de ruta.

Afuera llueve. No queda más que abrir el paraguas y dejarlo así por el resto de los días, aunque haya dejado de llover.

Tiramisú de aguardiente y cenizas preparado a dos manos

vinagre y rosas

* Sabina comparte el crédito de los versos, pero no es capaz de esconder la mano ante las piedras que lanza.

Ya no es dueño de una voz aguardentosa, sino directamente de una garganta en llamas que delata los litros y el humo que por allí han pasado. Y bien sabemos que han sido precisamente esas jornadas las que han nutrido su discografía y su poesía escrita – es difícil despegar una de otra- , bastante dada a torcer los clichés del lenguaje a su favor y siempre provista de ironía, cinismo y viveza.

Para “Vinagre y Rosas”, Joaquín Sabina se encerró a escribir junto al poeta Benjamín Prado. El chico de Úbeda es bastante dado a las alianzas creativas, no le importa ceder parte del crédito por más que siempre haya versos que lo delaten y que sólo podrían venir de su pluma (Basta recordar “Llueve sobre mojado” junto a Fito Páez” ¿O acaso alguien podría decir que “ayer Julieta denunciaba a Romeo / por malos tratos en el juzgado” fue escrita por el argentino?).

El disco parte con un “combo” de nostalgia. En “Tiramisú de limón” el telón de fondo lo compone un acompañamiento parecido a “Princesa”, en el que Sabina se apura en mostrar la hilacha (si se puede decir eso de Sabina) con cómicos versos del tipo “acórtate la falda,  túmbate al sol cuando llueva” y recuerda cuando la nariz aún le servía para algo más que respirar. La tónica la sigue “Viudita de Cliquot”, un repaso de su vida en decenios , desde la adolescencia hasta que cayó enfermo a los 50 víctima de un infarto.

El último carro de esta tríada lo compone “Cristales de Bohemia” , la más dulce enumeración de recuerdos de todo el álbum, que evoca estadías en Praga sólo premunida de piano y voz en principio, y que deja entrar el tono festivo y agridulce gracias a un preciso trombón y una zítara discretamente puestos en el coro.

Como quien escribe para un juglar de tomo y lomo que desprecia el actual stand up comedy, Sabina y Prado parecen haber planeado al callo las letras de “Parte Meteorológico” (una canción que juega a ser infantil lanzando una serie de complicados augurios amorosos), “Agua Pasada” y el “Blues del Alambique”. Las tres son diversas entre sí en arreglos, pero en el álbum predominan las intros de guitarras acústicas, arpegios metálicos y coros femeninos que se mezclan con la voz de Sabina, más alguna guitarra con distorsión.

Despuntan por sí solas “Ay Carmela” (dedicada a una de sus hijas) y “Vinagre y Rosas”, que bien resume el álbum y las ideas que rondan en el español desde el disco “Alivio de Luto”: repaso de sus últimas tres décadas y su colapso físico ocurrido hace un lustro. “Cuando aprendí a tragar fuego / el circo ya se había ido” es un autorreproche de los que Sabina se permite a la hora de la cena.

Como siempre, hay versos para los enamorados y desenamorados. “Embustera “  es elocuente y una sandía calada (´tu corazón es una cremallera´, canta) y “Nombres impropios” es justamente hasta donde Sabina podría revelarnos su propio desamor con franqueza y sin adornar la historia.

La vuelta de página del disco la trae “Violetas para Violeta”, el sentido homenaje escrito junto a Mercedes Sosa que no tiene miedo en rasgar los pétalos de cada flor del ramo a medida que descerraja palabras a las que es imposible hacerles el quite. Si no, que contesten los interpelados cuando canta “pregúntale a los milicos qué hicieron en la moneda”.

Destacados: “Tiramisú de limón”, “Cristales de Bohemia”, “Virgen de la Amargura”, “Vinagre y Rosas”,  “Violetas para Violeta”.

Nota de 1 a 7:   6, 3

Reinicio obligado…

Esta mañana estropée el blog – ese cuyo nombre original aún me gusta-, a causa de lo que podríamos denominar un problema informático. Los ingenieros o cualquier persona del soporte de WordPress les diría que el fatal error que terminó con la dirección anterior fue producto de la impericia del que escribe, pero no. Créanme a mí y no a ellos, tal como yo me niego a creerles: entre esos tipos y yo hay algo personal.
Junto con la versión del blog que se fue a la basura, se fueron las últimas dos entradas, que al parecer no respaldé en lugar alguno. Ahora estoy de vacaciones y no pienso buscarlas, y tal vez importen bien poco al igual que este “nuevo” blog, en el que creo que no cometeré el ¿error? De publicar las entradas que alguna vez subí a http://www.bicdesangrado.blogspot.com .
Como ya tengo algunas cosas escritas, prefiero no urgirme por el contenido anterior y subir lo nuevo en los próximos días..

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